Sergio Ramírez: “Lo que Nicaragua necesita para salir de la dictadura es una rebelión desarmada”

¿Cómo describiría la situación que se vive actualmente en Nicaragua?

– Esto es una dictadura del estilo más clásico, más tradicional del Caribe. Es una dictadura donde el estado de derecho ha desaparecido y ha sido sustituido por leyes de la tradición vernácula de la política. Leyes muy represivas. Se podría hablar de un racimo de cinco leyes, entre ellas la que se está aplicando con mayor frecuencia ahora y que es una ley de defensa de la soberanía nacional. Pena cualquier opinión en contra de la familia gobernante o del régimen bajo la acusación de responder a intereses extranjeros. Si lo veo como novelista, no deja de ser atractivo porque la ley pena incluso el hecho de aplaudir. Dice, textualmente, que es delito “respaldar, promover o aplaudir acciones que socaven la soberanía nacional”. ¡Es la primera vez que veo una ley donde aplaudir está prohibido! En realidad son pretextos legales, un entramado legal represivo que utilizan para reprimir.

– ¿Por qué Daniel Ortega lanza ahora esta ola de detenciones?

– Yo creo que Daniel Ortega se ha visto en una situación que él quería evitar a toda costa, como tener que medirse con un candidato que pudiera desafiarlo, y que pudiera perder esas elecciones. El ha decidido, desde que regresó al poder en el 2006, no perder nunca. Las últimas elecciones fueron un remedo de elecciones y no tuvo ningún problema porque las circunstancias eran distintas: en ese momento hubo un candidato de mentira y nadie cuestionó las elecciones. Pero después del 2018, cuando en Nicaragua se dio esta tremenda represión donde murieron tantos jóvenes, la situación ha cambiado muchísimo. Entonces tener ahora unas campañas electorales abiertas, donde la gente vote libremente como en cualquier país, es intolerable para Ortega. Me parece que un plan como este, por muy brutal que parezca, tiene sus costos políticos. Yo creo que Ortega sabe que está pagando un costo muy alto. Pero hay costos que ya pagó antes. Está aislado internacionalmente y ni siquiera los aliados naturales suyos en Latinoamérica pueden defenderlo en este momento.

– Mire que Argentina y México se negaron a respaldar en la OEA la resolución que condenaba la detención de opositores

– Sí, pero yo le doy el beneficio de la duda a eso. Supuestamente entre México y Argentina se habla de un plan de mediación y el alegato que yo escuché de la embajadora mexicana ante la OEA es que alguien que se compromete a condenar a un régimen no puede ser mediador. Pudiera ser que ese plan de mediación exista o no, no se. Pero bueno, le doy el beneficio de la duda. Pero ya el presidente Fernández hizo una declaración, diciendo que la detención de los candidatos presidenciables no era tolerable.

Sergio Ramírez, escritor nicaragüense. (Cortesía Oficina SRM/ Oswaldo Rivas)

Sergio Ramírez, escritor nicaragüense. (Cortesía Oficina SRM/ Oswaldo Rivas)

– ¿Pero hay espacio real para una mediación?

– El no va a aceptar una mediación en este momento. Si bien es cierto que los presidentes Fernández y López Obrador están patrocinando una mediación, Ortega no va a aceptar hasta que no haya llegado al otro lado del río. Sólo la va aceptar después de que hayan pasado las elecciones. Entonces se va a abrir “con generosidad” a decir yo voy a negociar y vamos negociar los prisioneros. “Generosamente” va a entregar a los rehenes que ahora ha tomado -los opositores detenidos-. Es lo que vemos en gobiernos autoritarios, que toman rehenes y después los entregan. Como hacía Fidel Castro en su momento.

– En definitiva, los detenidos son un elemento de negociación futura

– Claro. En diciembre o enero se van a convertir en un elemento de negociación y mucha gente va a respirar tranquila porque, bueno, al menos soltó los presos. Lo que quiero decir es que en el terreno internacional el régimen de Ortega y su mujer saben que no tienen nada que perder. Y que las declaraciones, como la condena que aprobó la OEA, o la que hagan los gobiernos europeos o los Estados Unidos, inclusive, no hacen mella en su poder interno. En la forma como tiene articulado el poder represivo, con el Ejército, la policía, los grupos paramilitares, las declaraciones no hace mella. Tampoco en la estabilidad financiera. Él piensa que una vez que gane las elecciones, a su manera, la comunidad internacional lo va a seguir reconociendo diplomáticamente, por mucho que lo critique. Con las elecciones los gobiernos no van a retirar los embajadores, y eso es todo lo que él necesita en este momento. Traspasar el río.

– Que posición deberían adoptar los países de Latinoamérica respecto a Nicaragua

– Yo creo que deberían adoptar una posición firme, y recordar que Nicaragua es parte de un sistema interamericano que está en riesgo por el hecho de que se enraíce mucho tiempo una nueva dictadura familiar. Eso, al fin y al cabo, conspira contra la estabilidad democrática del continente. Y, en otro sentido, que este no es un problema restringido a los derechos humanos, sino un asunto de carácter político, que tiene que ser visto por los órganos políticos interamericanos.

– ¿Qué quedó de la revolución nicaragüense, de esa “Nicaragua tan violentamente dulce” de la que hablaba Julio Cortázar?

– No queda nada. Lo que queda es un mal recuerdo. Los jóvenes ‘echan al fuego a la revolución”. No solo los más jóvenes, también aquellos que integraron la guerrilla y que fueron a combatir contra los “contra”, a exponer su vida. Sienten que fue un esfuerzo perdido, que sólo sirvió de abono para una nueva dictadura. Y que el proyecto por el cual fueron a luchar quedó en escombros. No quedó nada. La alfabetización se perdió; otra vez Nicaragua tiene un gran porcentaje de analfabetos. Más del 70% de la población no tiene empleo formal; la gente vive de los rebusques. Los niveles de pobreza llegan a la mitad de la población. Eso que no se pudo cambiar con tanta sangre ya es una frustración en sí. A esto se agrega el hecho de que el producto de la revolución es Daniel Ortega y su familia gobernando, como cualquier otro dictador tradicional del pasado. Entonces eso frente a los jóvenes que vivieron la revolución es una frustración. Y frente a los que no lo vivieron es un engaño. Lo ven como una gran estafa.

– ¿Qué diferencia hay entre el Daniel Ortega del 79, al que usted acompaño en la Junta de Gobierno, con el actual?

– Hoy es un dictador tradicional más de América Latina. Yo creo que las metamorfosis que sufren los dictadores son muy interesantes vistos por un novelista. No son extrañas estas transformaciones en la región. Llegan a la idea de que son absolutamente imprescindibles. Algunos ni siquiera piensan en su muerte como una posibilidad. Como el emperador de Etiopía, Haile Selassie, cuando Oriana Fallaci le preguntó qué pensaba de la muerte y él le respondió: ¿qué es eso, qué me está preguntando? La idea de la inmortalidad se adhiere totalmente al poder. Y esto hace que una persona diga “sin mí esto es un desastre, esto no va a funcionar”. Por eso yo creo que Ortega no le va a ceder el poder ni a su propia esposa. Aquí no hay sucesión. Él es la encarnación del poder.

Sergio Ramírez en su casa de Managua. (EFE)

Sergio Ramírez en su casa de Managua. (EFE)

– Usted planteaba que la literatura se nutre de “mentiras verdaderas y verdades mentirosas”. ¿Esto se puede extrapolar a la política?

– Claro. Ahora la verdad es alternativa. Y parece una invención semántica. Hay una narrativa oficial en Nicaragua que contradice totalmente la verdad. Por ejemplo la narrativa del golpe de Estado. Todo el discurso oficial se ampara en un supuesto golpe de Estado que se lanzó a partir de abril de 2018, cuando la gente salió a las calles, hizo marchas, levantó barricadas. Y eso terminó en una gran insurrección popular, sin armas. No fue como en el 79 cuando sacamos a Somoza con armas de verdad. Aquí no hubo nada de eso y sin embargo hubo centenares de muertos. Pero la narrativa oficial es que eso fue un golpe de Estado. Un golpe de estado es cuando el Ejército, con sus tanques y aliado a un sector de la sociedad toma el poder, pone preso a los dirigentes, toma los medios. Eso es un golpe, no unos miles de jóvenes que salen a las calle.

– Pareciera que la política latinoamericana se acerca cada vez más al realismo mágico

Bueno, Octavio Paz decía que el realismo mágico es la distancia entre la realidad que debió haber muerto hace tiempo, y sigue viva. La falta de correspondencia entre lo que dicen las constituciones de América Latina y lo que se hace. En Nicaragua la constitución está ahí, nadie la derogó. Pero la realidad la contradice totalmente. Y esto ya es realismo mágico.

– En esta purga de opositores Ortega incluyó a figuras de la revolución

– Ortega se ensañó con Dora María Téllez y Hugo Torres, dos grandes figuras de la revolución nicaragüense. Ellos fueron los que lo sacaron de la cárcel de Somoza. Comandaron asaltos importantes de la revolución. Pero se rebelaron contra Ortega en los 90. Allí perdimos las elecciones y se aceptó porque el poder era colegiado, no unipersonal. Pero Ortega, al día siguiente, se echa para atrás y dice que no es posible porque se iba a perder el poder de la revolución, el que se conquistó con las armas. El discurso de Ortega fue que había que seguir gobernando desde abajo, lo que implicaba hacerle la vida imposible al nuevo gobierno de Violeta Chamorro. Claro, dentro de las filas del partido comenzó a haber diferencias. Un sector pensábamos que la única manera de regresar al gobierno era respetando el sistema democrático y compitiendo en las elecciones. Eso, para Ortega, era socialdemocracia. Los que estábamos esa línea fuimos echados, y formamos un nuevo partido, el MRS (Movimiento Renovador Sandinista). Toda la dirigencia de este partido es la que hoy es barrida, es llevada a la cárcel. Porque Ortega los ve como traidores. La traición a su idea obsoleta y totalmente perimida de lo que fue la revolución. Hay que tomar en cuenta que Ortega no ha salido de la Guerra Fría. La Guerra Fría terminó hace tiempo, pero él sigue respirando esos aires.

– ¿Ve una salida a esta crisis?

– La historia de Nicaragua enseña que cada vez que un sistema dictatorial, autoritario se agota y se resuelve por las armas, el patrón se vuelve a repetir. Y las armas quedan en manos de un nuevo caudillo. ¿Cuál sería el cambio profundo de un país tan pequeño y pobre como Nicaragua? Que la solución no sea por las armas. Que se logre una salida de la dictadura por una transición, con otro medio de lucha como lo que está ensayando la gente ahora. Una rebelión desarmada.

El escritor que “conspiró” contra el gran tirano

Con una memoria dolida, que el orgullo atenúa en parte, Sergio Ramírez cita fechas, nombres, batallas. Recuerda cada episodio de esa guerra interna contra el gran dictador, Anastasio Somoza. “Tachito”, como se conocía a Somoza, fue el tercero y último de una feroz dinastía de tiranos. Apoyado por las grandes multinacionales estadounidenses, construyó su propio imperio a costa de los nicaragüenses. Era tan cruel como corresponde a un dictador caribeño. Asesinaba, torturaba o desaparecía a los opositores, mientras disfrutaba de festines en sus mansiones de Miami o Texas.

Ramírez no tuvo la gloria estridente que dan las armas, como sus compañeros de lucha:Ortega, Edén Pastora, Tomás Borge. Tuvo la gloria discreta de la dirección del Frente Sandinista, donde se forjaron las “políticas de transformación social”, como las llama. Donde se planeó la alfabetización, el reparto de tierras. “No empuñé armas en la revolución, no llevé nunca uniforme militar”, cuenta en Adiós Muchachos, una autobiografía que escribió hace poco más de una década por “exceso de olvido”, como aclara.

En conversación con Clarín por videollamada, desde un lugar que prefirió no precisar, el escritor habló de estos amores y desamores.

Hace un tiempo, en una charla con el poeta y periodista Daniel Rodríguez Moya, se definió a sí mismo como “conspirador”, una palabra que pocos se atreven a usar, pero que ejemplifica como ninguna la lucha revolucionaria. “Estábamos botando a Somoza, y era un trabajo a tiempo completo. El trabajo de conspirador es muy absorbente”, recordaba con ironía.

A la distancia, aún siente pasión por ese momento revolucionario de Nicaragua. La memoria de Ramírez no olvida. En sus pliegues aún conserva la desigual lucha contra los “contras” pagados por Estados Unidos, la amargura de estar alejado de su familia, la angustia de ver a su hijo ir a la batalla.

No hay arrepentimiento, pero si cierta desilusión por las consecuencias. El novelista vive días cargados de decepción, especialmente porque el líder que hace cuarenta años acompañó en el poder se convirtió en la contracara de los que significó la revolución. “Es un dictador”. Lo dice con un desprecio robusto, con repugnancia ideológica. Sabe que Ortega no es Anastasio Somoza, pero siente que es casi lo mismo. “Eso que no se pudo cambiar con tanta sangre, ya es una frustración en sí mismo”, sentencia.

Lo que padece como una ofensa es que el “dictador” siga usando como bandera el nombre de Sandino. “Para mí es una preocupación filosófica. Sandino luchó por la identidad de Nicaragua. Si eso ya ni siquiera vale en la memoria del país, es la historia la que queda en incordios”, lanza. También lo enfurece que se maltrate con cárcel y arrestos humillantes a excombatientes que tanto admira, como la legendaria Dora María Téllez, que comandó la toma de León en la ofensiva final contra el somocismo, y Hugo Torres, aquel general de brigada sin dobleces.

Ramírez ama Nicaragua. Su gente, su clima, sus calles. Se levanta temprano y se pone a escribir, a leer. “Mi vida es la literatura”, reafirma, como si hiciera falta. Aunque no puede evitar que la política asome en cada frase.

Tuvo que salir del país por un tratamiento médico, y ahora duda en regresar. Sabe que Ortega quiere barrer con todos los rebeldes y, como buen dictador, especialmente aquellos que se atreven a odiarlo. Y Ramírez es uno de ellos. “Estoy meditándolo”, dice sobre el regreso a Managua. “Es que todos los límites han sido sobrepasados. A ellos no les importa ahora pagar costos”. El novelista ya no “conspira”, sólo escribe. Así combate a los dictadores, que tanto desprecio le causan.

Biografía

Sergio Ramírez Mercado (78) es escritor, periodista, político y abogado. Nació en Masatepe, a pocos km de Managua.

En 1977 se unió al Frente Sandinista (FSLN) para luchar contra la dictadura de Somoza. Integró la Junta de Gobierno en 1979 y luego fue vicepresidente junto a Daniel Ortega.

En los 90 rompió con el FSLN y formó su propio partido. Pero luego se dedicó de lleno a la literatura.

Sus novelas y cuentos fueron traducidos a más de 20 idiomas. Ganó numerosos premios, entre ellos el Cervantes.

Al toque

Un proyecto: Mi próxima novela, que publicará Alfaguara: “Tongolele no sabía bailar”

Un desafío: Ayudar para que cambie el país y tengamos una salida democrática.

Un líder: Tengo dos, Nélson Mandela y Martin Luther King.

Una sociedad que admire: Costa Rica, porque es una sociedad democrática

Un sueño: Nicaragua. Es mi sueño recurrente.

Una comida: Un buen asado con amigos.

Una bebida: Me gusta el whisky.

Un libro: Hay tantos libros para citar. Pero si tengo que darle una respuesta me quedo con Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Una película: También, son muchas las que citaría. Pero elijo “Juegos prohibidos”.

Una serie: Shtisel