Operación Baldur: cómo fue el golpe de un submarino alemán a Gran Bretaña en la Segunda Guerra

El comienzo de la Segunda Guerra Mundial no resultó nada halagüeño para el arma submarina de Alemania. Su inferioridad material era evidente. Únicamente contaba con 57 sumergibles, de los que solo 26 estaban capacitados para operar en aguas atlánticas. Los demás eran costeros.

Para colmo de males, el mismo 3 de septiembre de 1939, fecha de la declaración de guerra por parte de Gran Bretaña y Francia, el submarino U-30 hundía al paquebote británico SS-Athenia tras confundirlo con un crucero auxiliar.

Ello no solo contravenía la Declaración de Washington sobre ataques a naves mercantes en vigor, sino que 28 de los 112 muertos eran norteamericanos, lo que despertó una oleada de indignación entre los intervencionistas del otro lado del Atlántico.

Una oleada que recordaba, aunque fuese de lejos, lo ocurrido el 7 de mayo de 1915 con el RMS Lusitania durante la Gran Guerra.

El 17 de septiembre, el torpedeo del portaaviones británico HMS Courageous por el U-29 actuó como un momentáneo bálsamo.

El U47 y sus tripulantes, aclamados al regresar a Alemania, en 1939. Foto: AFP

El U47 y sus tripulantes, aclamados al regresar a Alemania, en 1939. Foto: AFP

Recuperar el prestigio

Sin embargo, para el jefe de los submarinos alemanes, el por entonces comodoro Karl Dönitz, solo cabía una rotunda acción que elevara el prestigio del arma que dirigía, actuara como acicate para todos sus subordinados e hiciera ver al Almirantazgo británico con quién se enfrentaba.

¿Qué mejor objetivo que la base de Scapa Flow, en las islas Orcadas?

No solo por ser uno de los principales puertos de la Home Fleet, ni por ser considerado inexpugnable, sino también como homenaje a los marinos del káiser que habían hundido allí sus propios buques, tras ser apresados al final de la Primera Guerra Mundial.

Intento repetido

La idea no era nueva. En la Gran Guerra ya se había intentado sin éxito varias veces.

La configuración del atracadero, con sus estrechos canales y sus fuertes corrientes, hacía casi imposible la navegación en inmersión.

Además, se habían tendido redes antisubmarinas y bancos de minas para su protección, reforzada con el hundimiento de varios buques en desuso para impedir cualquier aproximación.

El paso de Hoxa Sound, siempre defendido por un patrullero, era el único viable.

Sin embargo, una cierta dejadez, teñida de superioridad y combinada con restricciones presupuestarias, había menoscabado la efectividad de las medidas. Y de eso se darían cuenta los analistas de la Kriegsmarine.

El capitán Günther Prien, al mando del U-47, informa a la prensa alemana en 1939. Foto: AFP

El capitán Günther Prien, al mando del U-47, informa a la prensa alemana en 1939. Foto: AFP

Brechas por donde atacar

El estudio de las fotografías aéreas, el viaje exploratorio del U-14 y los informes cartográficos llegados a la mesa del Estado Mayor de la marina de guerra alemana señalaban dos brechas no protegidas al pie de los acantilados en el paso de Kirk Sound.

Azotadas por las mareas y las fuertes corrientes, quizá pudieran ser atravesadas en superficie por un buque de perfil bajo, como un submarino.

Sin embargo, se trataba de una tarea difícil y peligrosa, que requería una tripulación experta y un comandante con nervios de acero.

Dönitz ofreció la misión a un antiguo capitán de la marina mercante reconvertido en submarinista: el teniente de navío Günther Prien, comandante del U-47. Daba comienzo la Operación Baldur.

Una operación arriesgada

El 8 de octubre de 1939, el U-47 y sus 40 hombres abandonaban la base de Kiel con destino a Escocia.

Se trataba de un submarino del tipo VII B, sobrio y eficaz, pero sin florituras innecesarias, que daría muy buen resultado durante toda la contienda. En esta singladura concreta se cambiaron los torpedos estándar por los G-7e, que no dejaban estela.

La operación se llevaría a cabo durante la noche del 13 al 14 de octubre por dos razones: porque las mareas serían propicias y porque la luna nueva ayudaría a que el sumergible pasara inadvertido.

Al parecer, nadie había pensado en que la aurora boreal podía brillar aquel día, como así fue.

A las 04:37 del 13 de octubre, el U-47 llegaba a su destino y se posaba en el fondo para esperar el momento oportuno de penetrar en Scapa Flow.

Lo que Prien no sabía, pero sí Dönitz, es que un avión de observación alemán había detectado que la mayoría de grandes buques, objetivos del submarino, habían abandonado la base. Dönitz dudó en suspender la operación, pero decidió que Prien siguiera adelante sin informarle de la novedad.

La tripulación del submarino U-47 es recibida a su regreso de Scapa Flow . Foto: AFP

La tripulación del submarino U-47 es recibida a su regreso de Scapa Flow . Foto: AFP

A las 19:15, el U-47 emergió, se cargaron los tubos lanzatorpedos y se prepararon explosivos para volarlo en caso de apresamiento. A las 23:07, al divisar un buque mercante en movimiento, volvió a sumergirse, para reemerger pasado el peligro y penetrar en la base a las 00:27. Ya dentro, se sumergió avanzando hacia sus objetivos.

Hundido en 8 minutos

Poco después, divisó lo que creyó dos navíos de línea, en realidad, el acorazado HMS Royal Oak y el portahidros HMS Pegasus, y lanzó dos torpedos contra cada uno.

Sólo salieron tres, el cuarto se encalló, y solo uno llegó a impactar en el acorazado sin causar daños, al dar con la cadena del ancla. Un quinto torpedo, lanzado desde la popa del submarino, tras girar en semicírculo, tampoco estalló.

Curiosamente, la alarma de acorazado no sonó. La tripulación dormía, y los vigilantes consideraron que la explosión podía haber sido debida a una mina que se habría soltado. Nadie pensó que un submarino hubiera podido entrar en la base.

Otro comandante hubiera aprovechado el momento para partir, pero no Prien.

A la 01:16, tras recargar los tubos proeles, lanzó otras tres “anguilas”, que, esta vez sí, dieron en el blanco. La estructura del acorazado se levantó, y la nave se hundió en apenas ocho minutos.

En medio del caos, murieron 833 hombres, mientras el U-47 abandonaba la base con sus motores diésel a toda potencia.

Llegó a Wilhelmshaven el 17 de octubre. En su viaje de vuelta, como recuerdo, se dibujó en la torre la figura de un toro resoplando, símbolo, desde entonces, del submarino.

El recibimiento a la tripulación fue apoteósico. Enseguida fue trasladada a Berlín. El propio Führer entregó a Prien la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro. Era el primer comandante de submarino en recibir tal distinción de manos de Adolf Hitler.

Conmoción y sospechas de espionaje

Una ola de sorpresa e indignación recorrió a la sociedad británica. ¿Cómo había podido pasar? La acción, más o menos afortunada, de un submarino no bastaba, por lo que la hipótesis del espionaje empezó a cobrar forma.

El 16 de mayo de 1942 apareció en las páginas del periódico neoyorquino Saturday Evening Post un artículo, titulado “U-Boat Espionage”, del periodista judeoalemán exiliado Curt Martin Riess, que, al parecer, aclaraba el enigma.

Al terminar la Primera Guerra, el oficial de la marina alemana Alfred Wehring realizó con éxito diferentes labores de espionaje, hasta que en 1929 adoptó el nombre de Albert Oertel, un maduro relojero suizo.

Se trasladó a Gran Bretaña, donde se nacionalizó, y abrió una pequeña relojería en el pueblo de Kirkwall, muy próximo a Scapa Flow.

El simpático relojero suizo y una carta en clave

Se trataba de un hombre afable y culto, que pronto se hizo simpático para los rudos pescadores de la zona, con los que compartía alguna que otra cerveza en el pub local, y al que se veía pasear frecuentemente.

Por lo demás, Oertel tenía una costumbre: enviar mensualmente una carta a su falso padre, en Zúrich.

El 19 de septiembre de 1939, la carta llevaría anexa una información trascendental: había encontrado un paso para entrar en Scapa Flow.

Dos días después se marchó con la excusa de que su padre había fallecido. Para extrañeza de sus convecinos, nunca volvería a abrir la tienda.

Durante unos años, la historia no solo fue tenida por cierta, sino que sería retomada por diversas publicaciones, por ejemplo, en el artículo de Kurt Singer en las páginas del berlinés Der Kurier, el 24 de diciembre de 1947.

El periodista adornaba la trama con nuevas informaciones: desde que el U-47 había recogido al falso Oertel y este lo había guiado en su epopeya, hasta el nombre de otros espías que lo habrían ayudado.

¿Historia falsa?

Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba, la historia comenzó a deshincharse. El tal Alfred Wehring no aparecía en la plantilla de la Marina del káiser, ni en la de la Kriegsmarine, ni en la del Abwehr –el servicio de inteligencia de la Wehrmacht– ni en ninguna parte.

Tanto Dönitz como los escasos tripulantes sobrevivientes del U-47 en aquel viaje negaron conocerlo. Tampoco figuraba en el cuaderno de bitácora del sumergible. En resumen: nadie sabía quién era.

El relato del relojero se siguió arrastrando hasta 1971, cuando el investigador Ladislas Farago publicó en El juego de los zorros que toda la historia era falsa.

Casi todos los historiadores sostienen hoy que se trata de un invento, aunque de vez en cuando vuelva a surgir.

Fuente: La Vanguardia

CB