Joe Biden y los ojos de Vladimir Putin

Joe Biden, vicepresidente de EE.UU. en 2011, visitaba Moscú. Las relaciones de la Casa Blanca a cargo de Barack Obama con el Kremlin no eran buenas por entonces y, más bien, muy poco fluidas. Ese escenario mejoró recién con Donald Trump y por razones muchas de ellas turbias. Biden fue directo al reflejar esas tensiones. Apenas saludados, le dijo a Putin: “señor primer ministro, le estoy mirando a los ojos y no creo que usted tenga alma”.

La anécdota la relató el actual presidente mucho tiempo después. Y hubo testigos. Pero su importancia es más bien histórica para tener una idea del lugar desde donde se está estableciendo ahora el vinculo entre Rusia, ya con Putin como presidente, y el flamante mandatario norteamericano.

El arresto del disidente Alexéi Navalni después de haber superado un envenenamiento comprobado durante cinco meses de terapia hospitalaria en Alemania, es la manera del líder ruso de darle la bienvenida a Biden. La detención del político que más duramente está combatiendo la autocracia del Kremlin, se produjo el domingo previo a la asunción del demócrata a la presidencia de Estados Unidos.

La represión en Moscú de este sábado. EFE

La represión en Moscú de este sábado. EFE

Esa medida fue justificada en una burocrática orden judicial que obligaba a Navalni a presentarse cada tanto tiempo. Los funcionarios no tuvieron en cuenta la gravedad del cuadro de salud del político sobre cuyo envenenamiento siempre Moscú negó cualquier responsabilidad e incluso que el incidente haya existido. Las demandas del nuevo gobierno para que Navalny sea liberado fueron respondidas de modo tajante con la violenta represión de las marchas de sus partidarios este sábado en toda Rusia. Son portazos y advertencias.

Putin reacciona de esta manera porque la salida de Trump del gobierno norteamericano le supuso la pérdida sino de un aliado al menos de un dirigente afín que estuvo siempre listo para escudar al régimen ruso. La traducción de estas acciones provocadoras es la búsqueda de un lugar de poder para la interacción que viene y que se adivina dura. Henry Kissinger describió en algún momento al líder ruso como “un estratega serio, pero la comprensión de la psicología y valores norteamericanos no es su fuerte”. Como “tampoco lo fue la comprensión de la psicología e historia rusa para los políticos estadounidenses”, explico.

Vladimir Putin. AP

Vladimir Putin. AP

Por sobre esa base, hay razones que han multiplicado la desconfianza rusa. Biden nominó para encabezar la central de inteligencia norteamericana a William Burns, un ex embajador en Moscú que ha tenido un fuerte papel para limitar la influencia del Kremlin en Oriente Medio y el Norte de África durante la expansión de la Primavera Árabe hace una década. Una flamante alta funcionaria de asuntos políticos de la cancillería, Victoria Nuland, que acaba de ser designada, fue una durísima diplomática que colaboró política y financieramente con el levantamiento popular que volteó al gobierno pro ruso del corrupto Viktor Yanukovich en Ucrania en 2014.

La pérdida del control de ese país, crucial para los intereses geopolíticos rusos, obligó luego a Moscú a arrebatar a Ucrania la Península de Crimea donde, en Sebastopol, está asentada su marina de guerra y desde donde proyecta su poderío hasta el Mediterráneo. Biden ha diferenciado a Rusia como una amenaza a la seguridad nacional de su país de China que caracteriza como un competidor. 

Lo de Navalny tiene un eco más apagado en nuestra región. En Venezuela, hoy virtualmente un satélite ruso, las amenazas multiplicadas del régimen para detener a toda la dirigencia opositora, con Juan Guaidó a la cabeza, tiene una matriz similar a la que vemos con los aspavientos moscovitas. Y quizá su influencia. Una forma también ahí de avisarle a Biden que las cosas no serán sencillas aunque es difícil que el demócrata las haya supuesto ingenuamente de ese modo.