El Salvador: ¿Por qué importan las aventuras de un autoritario llamado Nayib Bukele?

A comienzos de febrero último, un personaje menor en el escenario latinoamericano, el polémico presidente de El Salvador, Nayib Bukele, llegó sin aviso a Washington. La visita produjo una curiosidad. Ningún funcionario del nuevo gobierno de Joe Biden, ni siquiera de los niveles más bajos de la Administración, lo recibió. Tuvo que defenderse del bochorno argumentando que era un viaje privado y que no pidió las entrevistas.

Es improbable que en la reacción de la Casa Blanca haya operado el vínculo cercano y hasta fraterno que el autoritario mandatario centroamericano de 39 años estableció con el pasado gobierno de Donald Trump, quien, recordemos, lejos de cualquier afecto recíproco calificó a El Salvador como “un país de mierda”. Pero como Bukele adhería al plan republicano de contener a la inmigración que pujaba por llegar a EE.UU., con el polémico esquema “del tercer país” para retener a la gente en el pedido de refugio, el magnate devolvía el gesto ignorando los excesos populistas de su joven colega.

Biden, en cambio, buscó mostrar con su desplante que las cosas han cambiado y, especialmente, hacerlo dentro de la urgencia de la actual administración norteamericana de sobreactuar sus preocupaciones humanitarias en el esfuerzo de recuperar el liderazgo global perdido los últimos años. Por lo menos en la región.

Miguel Vivanco, del Human Rigths Watch, lo pone en palabras simples. La Casa Blanca “muestra que la conducta en derechos humanos, corrupción y falta de respeto al Estado de derecho tiene consecuencias en la relación bilateral”. Y remarca para que quede claro el nuevo orden: “Biden deja en claro que las relaciones bilaterales deberán estar fundadas en la lucha contra la corrupción, el respeto a los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho”.

Admirador. Nayib Bukele con su admirado Donald Trump.

Admirador. Nayib Bukele con su admirado Donald Trump.

El caso de Bukele y su visita sin eco puede constituir una anécdota, pero lejos de esa impresión sirve para comprender otros procesos más complejos. Hace un par de años el Fondo Monetario Internacional modificó sus políticas internas con la aprobación del llamado Framework for Enhanced Engagement on Governance, un marco regulatorio construido para tomar en cuenta las situaciones institucionales de los países, más allá de las variables económicas que ha venido observando de modo excluyente el organismo.

En el anuncio de ese nuevo esquema, el organismo subrayó que la intención “es promover un compromiso más sistemático, eficaz, sincero y equitativo con los países miembros con respecto a las vulnerabilidades de la gobernanza, incluida la corrupción, que se consideran críticas macroeconómicamente”.

Lo que preocupa, en realidad, es la certeza de que los abusos sobre las instituciones, la corrupción es uno de ellos, acaban produciendo escenarios imprevisibles y liderazgos anti sistémicos peores a los que van dejando atrás. Los casos de Nicaragua o Venezuela son paradigmáticos. Es interesante que esa mirada sobre el comportamiento institucional de los gobiernos se profundice ahora, cuando la ministra de Economía de Biden, Janet Louise Yellen, tiene la llave del FMI por el peso decisivo de EE.UU. en el organismo.

Es esta funcionaria quien, en medio del actual caos económico que produjo la pandemia, debe poner en marcha una emisión extraordinaria de 500 mil millones de dólares de Derechos Especiales de Giro, la divisa del fondo que se establece con una canasta de monedas. Es un paso complejo pero posible que ya comentamos en esta columna en enero pasado (Joe Biden, presidente: ¿la era de la restuaración?) y que es central para aliviar la crisis en el sur mundial. El episodio con Bukele indica cuáles serán las condiciones para entrar en ese reparto.

Las celebraciones en la calles de El Salvador cuando Bukele llegó sorpresivamente a la presidencia. Foto AP

Las celebraciones en la calles de El Salvador cuando Bukele llegó sorpresivamente a la presidencia. Foto AP

Hay más para observar en la sufrida comarca salvadoreña. Este polémico mandatario, pese o quizá debido a sus inclinaciones autoritarias, exhibe una extraordinaria popularidad que ronda, se afirma, el 85 por ciento y ha hecho campaña bien recibida por la gente, precisamente con el latiguillo de acabar con la corrupción. Dentro de pocos días, el 1 de abril, iniciará la segunda parte de su gestión con un control total del Congreso, lo que le permitirá avanzar sobre los tres poderes, elegir al nuevo Fiscal General, una parte sustancial de los magistrados de la Corte Suprema y al defensor de los Derechos humanos además de suspender garantías constitucionales sin tener que negociar con la oposición.

Está así en capacidad de relevar a todos aquellos que han criticado las acciones abusivas de su gobierno. En especial, en la lucha contra el Covid, en la que ha tenido notable éxito, pero al costo de medidas extremas y de barbaries violatorias al estilo de las que en Argentina se le cuestionan al gobernador formoseño Guido Insfran. Con arrestos injustificados y la acción de los militares lanzados a la calle a reprimir atentos a los tweets con instrucciones que dispara constantemente el mandatario.

Esto es así porque, del mismo modo que en las presidenciales que lo llevaron sorpresivamente al poder en 2019, Bukele acaba de ganar con diferencias aplastantes las legislativas de comienzos de este mes, al frente de su partido Nuevas Ideas, que le maneja un primo. Un dato interesante y didáctico para observarlo desde otras fronteras: esa victoria desmoronó al bipartidismo salvadoreño. La derecha de la Alianza Republicana Nacionalista (Arena) y la izquierda nacionalista de Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), se han repartido el mando del país los últimos treinta años, tras los acuerdos de paz que acabaron con más de una década de guerra interna. En ese sistema endogámico admitieron todo tipo de enjuagues de corrupción e ineficiencia, como en la Venezuela del “puntofijismo” entre Adecos y Copeyanos, que fue el crisol que terminó pariendo el fenómeno chavista.

El ex presidente Mauricio Funes del izquierdista partido FMLN, refugiado en Nicaragua para escapar de la justicia que lo proceso por malversar 351 millones de dólares. Foto AP

El ex presidente Mauricio Funes del izquierdista partido FMLN, refugiado en Nicaragua para escapar de la justicia que lo proceso por malversar 351 millones de dólares. Foto AP

En el Salvador esas fuerzas “tradicionales” se debaten ahora en una fragilidad minoritaria y un destino espinoso. Consecuencia del hartazgo de la gente, una situación sobre la que los liderazgos negligentes suelen ser ciegos hasta que la historia los desampara. Pasó en Chile con el alzamiento contra la desigualdad y la constitución pinochetista. Y pasó en Bolivia, por más que se diga lo contrario, con la rebelión popular contra la perpetuación de Evo Morales.

Bukele supo aprovecharse de ese escenario gravemente inclinado. “Los hombres a los que esos partidos eligieron para gobernar nuestra paz saquearon este país a manos llenas. Afearon nuestra paz durante años”, escribe el brillante colega salvadoreño Óscar Martínez en The New York Times sobre la experiencia fallida del bipartidismo. Se refiere a los ex mandatarios Francisco Flores y Elías Antonio Saca, de ARENA, y Mauricio Funes del FMLN.

Flores falleció en 2016 antes de enfrentar un juicio por el desvío de 15 millones de dólares de donaciones taiwanesas.  Y Saca está preso desde 2018 tras confesar la malversación de más de 300 millones de dólares del presupuesto estatal. Funes se encuentra asilado en Nicaragua (junto con la Venezuela chavista, el otro aliado del FMLN) y enfrenta varios procesos penales por malversar más de 351 millones de dólares del erario público. Por cierto, la “progresía” latinoamericana se ha cuidado de evitar denunciar estos tres casos dentro de la coartada de moda del “lawfare”.

El ex presidente, Elías Antonio Saca, del derechista partido Arena, actualmente en prisión por el frade de 300 millones de dólares durante su gobierno. Foto AFP

El ex presidente, Elías Antonio Saca, del derechista partido Arena, actualmente en prisión por el frade de 300 millones de dólares durante su gobierno. Foto AFP

“El bukelismo es en todo caso el desenlace trágico del bipartidismo imperfecto… un sistema que resultó incapaz para resolver los problemas que más aquejan a los salvadoreños, la pobreza, la desigualdad y la violencia”, analiza en The Washington Post el periodista y escritor español, radicado en El Salvador, Roberto Valencia. La violencia, justamente, es un punto a favor de Bukele que logró reducir los ataques salvajes de las pandillas de las maras a niveles sin precedentes pero con sus típicos métodos autoritarios.

El del Salvador es un tremendo espejo roto donde muchos gobiernos de la región deberían mirarse. Es una película que los interpreta. Con su parábola, el país centroamericano indica con claridad los monstruos que los abusos terminan por germinar. Bukele, un empresario independiente que alguna vez militó en el FMLN y fue alcalde de la capital, ha acumulado suficiente poder político para perpetuarse. Es otro rey en ciernes. Y experimentando los mismos vicios que ha condenado.

En febrero del año pasado, tras varias semanas de discutir con los diputados la autorización legislativa para negociar un préstamo de 109 millones de dólares para su plan de seguridad, Bukele, como un Tejero trasplantado de España, invadió la Asamblea Legislativa con 5 mil seguidores, militares y policías y en el recinto rezó rodeado de fusiles. “Salió y dijo que Dios acababa de hablarle y pedirle paciencia -relata el periodista Martínez- O sea, Dios le pidió no seguir con su plan de desmantelar el Legislativo. Ni siquiera durante la guerra civil salvadoreña los militares se habían tomado la Asamblea”.

La descripción la completa su colega Valencia: “Bukele tiene desvaríos autoritarios, es militarista y no tolera el periodismo independiente. En menos de dos años, su gobierno acumula señalamientos de corrupción, de nepotismo, de una cuestionable gestión económica y de irrespeto a los derechos humanos”, escribe. Síntesis de deformaciones que van y vienen, mucho más lejos de las abrumadas fronteras salvadoreñas.
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